jueves, 15 de noviembre de 2012

Fumar relaja más


Salí caminando del centro comercial por una calle peatonal con una cuesta de inclinación severa y asfaltado deficiente, pensando exactamente en todo y en nada. Un poco antes, a la altura del ascensor tuve la liviana sensación de que los viajeros me contemplaban de reojo. En medio de la subida agrietada una vez más tuve la misma sensación: los peatones me miraban.

Continué mi trayectoria cavilando. -Quizás vaya despeinado, tenga una mancha facial de chocolate, un resto de tinta de rotulador en la frente, las gafas rotas o torcidas, o simplemente lo que me pasa es que soy guapo y la gente no lo puede remediar, me mira porque destaco por mi belleza- pensé, descojonándome por dentro al pensar en concreto en esto último.

Entré en el estanco estándar, dónde la estanquera de cabecera me sirvió mi paquete de cigarrillos de marca que no fue preciso precisar. Ahí ya me relajé un poco porque ella no me miró de manera muy diferente a lo habitual. Solamente al despedirme me dijo una especie de frase construida, diríase que refrán, que yo en un primer momento achaqué a un comentario típico de ascensor, relativo a lo meteorológico.

Abrí el paquete y extraje un cigarrillo, que alumbré con un mechero publicitario procedente de Nueva York. Fumar relaja. Y si tienes unos minutos de paranoia como en mi caso, fumar relaja más.

Llegué entonces a dónde había quedado. Diana paró el coche y me subí. Su cara era extraña, como la de los peatones previos. La estanquera sólo fue una excepción. Me callé todo lo que pensaba en un primer momento pero al continuar, al hilo de un semáforo eternamente en rojo, Diana me miró y la miré. Le conté brevemente en tono jocoso la sensación de que todos me miraban menos la estanquera.
Diana se puso todavía más blanca. Lechosa. Lechosa perdida. Me dijo entonces: No sabes nada, ¿verdad?

Yo respondí: ¿nada de qué?
  

jueves, 8 de noviembre de 2012

Trocear billetes de cinco


No me gusta la ironía, y no porque no la entienda. No me gusta la ironía ni la gente irónica porque no aportan nada. La ironía es algo pasado de moda. Como la práctica totalidad de los recursos estilísticos. Si acaso para que quede bonito. Pero ni así. Para llenar hojas cuando no existía ni televisión ni ordenadores conectados a la red. ¡Cómo se debían aburrir antes!
La ironía es decir lo contrario de lo que crees para remarcar lo que quieres decir, que como digo, es lo contrario de lo que estás diciendo. Lo lía todo y no arregla nada. Parece que ironizando adornas lo que dices, pero como no lo regules, igual dices una gilipollez del tamaño de una ballena y el personal se descojona pero de pena, no te equivoques.
Dicen que la fina ironía o ironía fina es cuando aunque parece que no, quien te escucha te entiende. Pero yo creo que eso no acontece porque seas bueno ironizando, sino que te entienden porque te quieren así como eres y andando. Irónico, ortopédico, sevillista o amaxofóbico.
La ironía no es eficaz. Palabras que piensas, palabras contrarias a lo que piensas, posible  vuelta atrás, explicación convincente de lo que has dicho pero no querías decir… o sí. La ironía es una montaña rusa de coches de alquiler que acabarás aparcando en una estación perdida de la mano de Alá vertiendo la llave en un recipiente de plástico con agujero hecho con una tijera escolar.
La ironía es perder tiempo. Y como el tiempo es dinero, utilizar la ironía es como quemar o trocear billetes de cinco. O de diez. Eso ya lo vamos viendo sobre la marcha.
Utilizar la ironía es como hacer más ruido cuando quieres silencio. Como llamar a alguien cuando no le quieres ni ver. Utilizar la ironía es cerrar la puerta con llave y romper el cristal para que entre el aire. Utilizar la ironía es como querer ser lo que no eres y decir lo que quieres decir cuando no tienes agallas del tamaño estándar para decirlo dónde, cómo y cuando hay que decirlo. Utilizar la ironía es flipar.
Dicen que la ironía no se entiende en la radio. Imagínate por teléfono. Por mensaje de teléfono móvil. ¡Qué ironía ni que infante decesado!
Lo mejor es decir las cosas claras, concisas, concretas y completas. Como yo.
La ironía es una mierda.


viernes, 2 de noviembre de 2012

Mirando al gato


Carolina efectuaba múltiples dobleces en el envoltorio del azúcar del café, mientras pensaba en lo que Daniela le había estado contando.
Daniela, absorta, dirigía su mirada a una extraña escultura en forma de gato que presidía tácitamente la cafetería de mesas redondas grandes y pequeñas, mezcladas en una suerte de Tetris circular.
-Pero entonces explícamelo otra vez, y explícamelo mejor- inquirió Carolina. -Intenta ser clara porque no entiendo si estás triste, o no, porque se va; si quieres que se vaya, o se quede; si quieres irte con él, o no; si quieres quedarte o quieres marcharte.
Entonces Daniela, mirando al gato, expresó lo que sentía con una claridad nunca vista: -No estoy triste porque se va. Estoy triste porque a pesar de todo, no estoy triste porque se va-

domingo, 28 de octubre de 2012

Madridista con carnet


-Marta y Marcos volverán a las andadas, más que probablemente será eso- pensó Laura mientras buscaba la tarjeta del abono transporte en el fondo de su bolso. Tenía dos horas para llegar a casa, prepararse y acudir a la cita latinera habitual.
Laura había recibido un mensajito corto y contundente, con pocas palabras y mucho contenido. Contenido abierto e interpretable. Información de texto de teléfono móvil sin iconos ni paridas. Mensajito de esos que o bien pasa desapercibido por completo, no aporta nada a la situación de todas las cosas y puede ser no leído sin consecuencia alguna para nadie; o bien, como fue el caso, atrapa a Laura, que provoca en ella un atoramiento continuado, permanente e inexplicable desde el momento en que revuelve el bolso a modo de arca de barro de zorza de matanza de puerco, para terminar sacando un billete de diez euros, nanomilésimas de segundo antes de encontrar la tarjeta de la empresa municipal de transporte.
Un mensaje que no va con ella pero que le importa, claro. Porque si solo nos importase lo nuestro, no necesitaríamos a los demás. Los demás no pueden arreglarnos lo nuestro. Nunca. Pero aún así les necesitamos porque sí. Porque lo nuestro es nuestro y lo suyo es suyo, pero siempre que lo nuestro no nos va bien, los demás nos alivian, compensan, relajan, transforman y ayudan. Y lo nuestro entonces puede ir bien, mejorar y arreglarse.
Laura cree que el mensaje se referirá a algo de Marta y Marcos, de su relación de telenovela, de sus cuernos de ida, vuelta y dos por uno. De las cervezas negras, los domingos de cine en casa con televisión sin voz, de su relación muelle, que se estira, encoge, desparrama y, siendo cerdos, a todos entretiene.
Pero Laura también tenía ropa tendida. Laura, la chica pop que fue a pescar y se equivocó de orilla. No, no de armario, que de eso también hubo en la pandilla. Laura se creyó que los partidos de las fiestas de pueblo de solteros contra casados eran divertidos y vaya si lo fueron. Laura, que se decía madridista, madridista con carnet, acabó pasando un fin de año en el Camp Nou.
Aquel día y el siguiente hubo colapso de red.
Laura no se puso los auriculares en el metro. Emitió una radiación visual en busca de algo que suscitase algún tipo de interés, sin éxito. Poco más.

Fue entrar en el Corazón Loco, menos lleno de lo habitual, y ver allí en carne y hueso humanos, el huracán de la intensidad del mensaje de letras, números y signos de exclamación.
No, esta vez no tenía nada que ver con Marta y Marcos.

Bueno, o quizás sí.

lunes, 22 de octubre de 2012

Nada más que de oídas


Mario recolocó el ambientador con fragancia extrema de pino silvestre en la especie de colmena de donde sale el aire frío en verano y caliente en invierno. Accionó el pulsador de búsqueda automática de emisoras con la idea de poner como fondo algo que rompiese el silencio. El silencio es una mierda.

Silencio como el que hubo por la tarde entre Mario y Andrea, en la playa. Silencio que suele haber a veces y que dura mucho, poco o nada. Silencio ruidoso de palabras que no suenan nada más que cuando no se dice nada.

Mario se acordó entonces de ellos. No les conocía nada más que de oídas. Andrea hablaba de ellos casi siempre muy mal, parangonándolos con él. Andrea relataba en versículos tal o cual defecto, con aire rebelde, ánimo de lucro emocional y muy mala saña. Mario salía a colación como la antítesis de cada uno de ellos. Aunque siempre sonase a que Andrea, haciendo eso, estaba perdonándole la vida a Mario. Él, sin ningún otro criterio que el amor del primerizo, novato, inexperto y, por ende, estúpido, no era capaz de darse cuenta de la realidad de Andrea.

Ellos eran malos. Ellos eran los malos. Mario era, además del definitivo, el bueno.

Entonces Mario sintió por primera vez simpatía por ellos. Sintió la solidaridad entre camaradas con un problema tácito común. Mario querría encontrarse con ellos y comentar las jugadas. Comentar todo aquello que Mario recopiló mentalmente oliendo a pino y escuchando una canción de Maná, que mira tú que son empalagosos.

Empalagosos como Andrea.

Eso pensó Mario riéndose. Mario, que a partir de aquella tarde empezó a mentalizarse de que lo mejor era pasar a formar parte de ellos. De los malos.