martes, 2 de octubre de 2012

No me gustáis


Los que lleváis gafas de sol sin venir a cuento no me gustáis. No me gustáis porque los ojos son para ver y para ser vistos. No me gustáis. Nada. Los ojos y la cara no son para llevar ocultos ni aún con la excusa de estar en un velatorio, como si las gafas de sol implicasen respeto de cara al difunto, de cuerpo presente, o a su familia, recién mutilada. No me gustáis los que ocultáis bajo las gafas de sol lo que pensáis, lo que decís, lo que miráis, lo que obráis y lo que sois. No me gustáis porque vais de limpios, modernos y respetuosos, pero muy resentidos con la fotofobia que sufrís cuando los más fotófobos sois vosotros.

No me gustáis porque con gafas de sol puestas o sin ellas, no sois de fiar. En lo humano pero también en lo divino. Lo digo sin tener que sacar un tomo enciclopédico. Os jactáis de que así podéis manejar por rectas con curvas sin ser deslumbrados por un sol de invierno que no existe. Os encerráis en vuestra timidez de revista para ser vistos como águilas rapaces cuando realmente sois aves de gran tamaño con filia a la carroña.

Los que lleváis gafas de sol sin venir a cuento sois como todos aquellos que con ánimo cabrón hacen todas las cosas sin venir a cuento, como el que te llama para decirte nada, o al menos eso crees, porque a veces la noticia es eso, que te llame, aunque sea para nada. Los que lleváis gafas de sol sin venir a cuento no sois felices porque no veis el sol ni queréis verlo. Todo lo avistáis oscuro, seco, azul o gris. No advertís las nubes con sus playas en invierno, ejemplo de belleza con letra mayúscula.

Los que lleváis gafas de sol sin venir a cuento, no veis llorar, porque ya lloráis vosotros por todos.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Esperanza iba a liderar la oposición


Lo único bueno que guarda Rafael de aquello es que algunos meses después pudo comprobar quienes eran de verdad sus amigos y quienes se acercaban por interés. Pudo comprobar que, igual que en esas fiestas que son un coñazo, al final terminas la noche pasándotelo pipa con solo tres o cuatro más, terminas con los mejores, con los de verdad, con tus Amigos.

Tras la noche electoral, Rafael era un hombre muy feliz, recibió felicitaciones de muchísimas personas y autoridades de dentro, fuera y de más afuera aún. Hasta Felipe le llamó para decirle que iba a ser el líder que iba a regir la reconquista del poder, y se ponía a su disposición para lo que Rafael necesitase. Rafael no cabía en sí de gozo. Titulado en Ciencias Políticas, madrileño,… Presidente de la Comunidad. ¡Nada menos! Esperanza iba a liderar la oposición, aún habiendo sido la más votada.

En las semanas antes de la constitución de la Asamblea y de la investidura, compartió con sus colaboradores jornadas y jornadas ordenando ideas y pensando lógicamente en la futura estructura: consejeros, secretario generales, directores generales, y todo ese largo etcétera que él bien conocía y que a partir de ahora iba a depender de él.

Todos se acercaban con alegría, haciéndole ver a Rafael que él era el mejora que ﷽﷽﷽﷽olaboradores, y eeza, que comparti el Presidente madrileño. ¡Nada menos!che con solo tres o cuatro mrechoso en Madrid. y que por fin el destino había hecho justicia. Era su momento, por fin.

Pero el día en que se constituía la Asamblea y se elegía al presidente de la misma, aquello se torció. Alguien le puso la zancadilla a la democracia y como primer sorbo de hiel, no se pudo elegir al presidente de la Asamblea previsto y fue elegida Concepción, que tuvo que improvisar un discurso de investidura con dos folios y un boli Pilot. Rafael se temió lo peor. Si dos Judas habían vendido la democracia para la elección de un presidente de la cámara, no podía aceptar sus votos en la investidura como presidente del gobierno regional.

Todo se jodió. Los capullos se vendieron y Rafael no pudo ser elegido como era lo natural. Se montó un escándalo enorme. A los cuatro meses, en extraña situación, las elecciones se repitieron y ahí sí, Esperanza ganó y ganó con mayoría.

Rafael, se quedó compuesto y sin novia. Iba a ser, iba a hacer, iba a estar… pero ni fue, ni hizo ni estuvo. El destino, o más bien la ruindad, hizo que todo aquello, al final, nada. Como dijo José Hierro en su poema: qué más da que la nada sea nada, pues más nada será después de todo, después de tanto todo para nada. Rafael iba a ser todo y no fue nada.

Una de las experiencias más amargas, más frustrantes, más duras, más dolorosas, más punzantes, no es el fracasar al hacer algo o amedrentarse, no hacerlo y arrepentirse siempre. Es el sentir que todo está prácticamente conseguido pero finalmente por arte de magia (negra, creo) ver que se diluye como terroncito de azúcar en olla de caldo, se evapora como gas volador, se escapa como un globo de feria. Y al final… nada. Como el penalti de Djukic.

Rafael hoy ha cenado con Inma, Pedro, Pablo, Leire y Quino. De los pocos, muy pocos, que cuando todos ya se habían ido, seguían allí con Rafael, indignándose con él, llorando con él, Siendo y Estando con él.

Rafael siente, al ver y oír hoy todo lo de Esperanza, que al final Todo fue Nada. Pero enseguida recapacita y siente que ellos, su mujer y sus amigos, sí lo son todo. Todo.
  

viernes, 24 de agosto de 2012

Como mucho te pones unas pilas nuevas


Recibir una carta era hace algunos años, la vida. La misma vida o la vida misma que se contaba de puño y letra al pariente o amigo en la distancia. Recibir y contestar una carta le daba a las semanas y meses ese impulso de sentimiento, esa píldora de vitalidad fedataria de que la amistad, el cariño o el amor siguen más que despiertos, que continúan vivos. El cartero timbraba y depositaba la dosis en esa caja de Pandora buena llamada buzón.

Hoy, tanto en el fondo como en la forma, ya nada de esto sigue en pie.

Paloma, maestra de vacaciones, agotaba los últimos días del mes de agosto con una abulia considerable. Podría sonar contradictorio pero Paloma deseaba en el mes de junio coger de una vez vacaciones con la misma intensidad que a finales de agosto deseaba que se terminasen ya. Julio, por otra parte, estaba bastante preocupado por su trabajo, más bien por el descenso en cantidad del mismo, como comercial de productos opticoacústicos. Vendía, o lo intentaba, audífonos invisibles o lentes de contacto que hacen que tengas ojos de colores apetitosos. Pero la crisis se metía hasta en eso: en las apreturas puedes ir tirando con tus vulgares ojos marrones y sin oir realmente todo lo que suena a tu alrededor. Como mucho te pones unas pilas nuevas.

Paloma bajó a por el pack llamado de domingo o, estando en vacaciones, de vacaciones: barra de pan caliente que antes de que cante el gallo se convierte en carne de neumático, periódico local o nacional estándar y revista cardíaca o de los hígados. Entró en el portal, pulsó el botón del ascensor y mientras éste llegaba de arriba, Paloma abrió el buzón de correos. Metálico y pintado en verde aceituna. Recogió un buen manojo de documentos: dos micropanfletos publicitarios de tiendas que compran oro, aprovechándose del que ya no tiene más que venderse al diablo para sobrevivir; uno un poco mayor de pizza a domicilio, ofreciendo de regalo unos monigotes absurdos si sobrepasabas una cierta cantidad de dinero en el pedido; y cartas, muchas cartas.

Cartas que en general eran anotaciones bancarias de ingresos, los menos, y gastos, numerosos. Apuntes de las domiciliaciones de las cuotas de electricidad, agua corriente, conexiones varias a temas tecnológicos y en fin, todo cortado más o menos por el mismo patrón.

Había una carta del banco con un sobre diferenciado: rígido y dorado. Dorado en referencia a la tarjeta, denominada oro, que permite que compres hoy, pagues mañana y te arrepientas siempre. Como compensación infantil, el banco después de abofetearte con los intereses, te proporciona una caricia de consolación en forma de regalo de fidelización, por gastar y gastar con la puta tarjeta oro. Regalo que tanto en valor monetario como sentimental, sería despreciable. Despreciable tanto desde el punto de vista de alguien de letras como de ciencias.

Paloma abrió la carta y revisó sin mucho detalle los pormenores de su extenso contenido. Aparecían punto por punto, los movimientos de la tarjeta oro de Julio junto con el lugar, la fecha y hasta la hora en la que fue puesta en funcionamiento. Todo parecía rutinario hasta que se extrañó bastante con unos cargos de una serie de gasolineras y peajes que desde luego no pertenecían a la ruta habitual de Julio. Paloma revisó varias veces el folio dorado. Después lo dobló y guardó en un lugar seguro.

Julio se sentó a la mesa con su clásica cara de no haber nunca en la vida orinado en cama ni siquiera de casualidad, ni siquiera livianas gotitas, dando cuenta enseguida de los macarrones recalentados que Paloma había decidido nombrar oficialmente menú de ese día. Paloma astutamente llevó la conversación amable habitual de cara a las pilas alcalinas de los sonotones y de los cristales biónicos que las gafas de ahora llevaban instaladas, y rápidamente sacó el tema geográfico. Julio, una vez más, negó implícitamente haber estado donde la tarjeta oro declaraba. Y punto y seguido.

Julio tomó café con dos o tres galletitas de avena, goloso él, y se retiró a su zona de despacho oficial donde básicamente se conectaba a internet simulando hacer gestiones empresariales.

Paloma fregó brevemente lo ensuciado y la abulia agosteña de convirtió en una pena tremenda. Pero no por sentirse engañada por Julio de manera reiterada. Paloma no lloró con rabia mientras apretaba la botella de lavavajillas verde por sentirse cornuda. Paloma no estaba jodida por Julio y sus mentiras descaradas y visibles sin lupa.

Paloma sentía una pena profunda, permanente, acuciante, asfixiante y dolorosa, muy dolorosa.

Esa pena que se siente al saber que uno se está engañando a sí mismo, ser plenamente consciente de ello y no tener ni idea de qué hacer ni cómo para intentar remediarlo.

lunes, 13 de agosto de 2012

Lo mejor de sí misma


La canela es una especia que proporciona a una infinidad de platos una sensación de sabor y olor que salvo a cuatro raros, gusta a todo el mundo. Molida, la canela le da al arroz con leche ese fondo de aroma que embriaga y sacia la gula de los adictos al dulce. Hueles canela y enseguida recuerdas el sabor del arroz con leche. La repostería de origen árabe, muy popular en provincias del sur de España tiene en la canela, junto con la almendra, uno de sus pilares fundamentales. Si recorremos locales del norte y centro de Portugal, otro tanto de lo mismo. Galletas, bizcochos, pasteles y en fin, todo tipo de postres donde la fragancia y el deje a canela le dan un toque de belleza no física, que también, sino puramente química. También en esto tenemos pelea entre física y química, ganando esta última el primer asalto, como siempre.

Sin adentrarse en platos salados, repito: es generalizado el gusto por la canela como elemento que se piensa en dulce.

Pero si tomas una rama de canela, y en  vez de usarla para macerar leche hervida u otros elementos ingeribles, la troceas y la rechupeteas como aquel que mastica regaliz, la canela ya no es ese elemento que une todos los demás sabores dulces y parece que si no lo es, por lo menos aparenta serlo también. La canela en rama es entonces muy fuerte y nada dulce. En el paladar produce una sensación de picor y amargor que roza la repugnancia y exagerando un poco hasta induce al vómito. La canela, esa especia que en realidad vive de enmascarar a los demás y enmascararse a sí misma en lo dulce para parecer el más dulce de los elementos, es en realidad, cuando la abres por dentro, y extraes lo mejor de sí misma, un elemento casi ácido, casi amargo, picante, fuerte y repugnante.

Así son algunas personas. Como la canela. Vienen y van jactándose de ser canela, embarcándose en lo dulce, en lo rico, siendo o queriendo ser postres sabrosísimos y gustosísimos. Personas que salvo a cuatro raros, caen bien, muy bien, a todo el mundo. Pero, aquí está el problema, personas que cuando las abres y las masticas un poco, descubres que han vivido de rentas enmascarándose con lo dulce como la canela, pero que en el fondo son como ésta: repugnantes.

viernes, 3 de agosto de 2012

Alcohol malo de por medio, como es natural


Silvia pensaba que todos los policías eran como su tío Jenaro, que consistía en un ser humano adosado a una panza móvil y que vestía camisas elaboradas con un hueco que las habilitaba para proceder a un correcto abotonamiento. Es por ello que cuando aquel día absurdo en aquel antro las compañeras de la escuela de idiomas le presentaron a Jacobo, Silvia no pudo más que reirse cuando se le autopresentó como miembro del Cuerpo Nacional de Policía.
Los inicios fueron muy bien, las frases clásicas de las presentaciones protocolarias enseguida llevaron a risas tontas, con alcohol malo de por medio, como es natural. Muy rápidamente Silvia se encontró en ese estado que te permite no cabrearte en los atascos porque puedes enviar y releer mensajitos del móvil mientras tanto. En ese estado en que vestirte y peinarte exige entrenamiento y precalentamiento, no vaya a ser que bajes a por pan y te vea desde el coche patrulla con ropa descolorida y estirada de mercadillo, con el pelo recogido en un moño fijado con un portaminas, que es lo primero que tenías a mano cuando eran casi las dos y en el pan cierran.
Silvia y Jacobo quedaban a menudo, a solas o acompañados. Cuando Jacobo no estaba, Silvia y dos de las compañeras celestinas comentaban, siguiendo los estándares de calidad típicos en la Unión Europea, la tontería que se traían ambos, lo buena pareja que hacían, y lo guapo que era el poli.
Fue la propia Silvia la que, en medio de tanta glucosa y tabasco ibérico, puso encima del tapete la nota técnica acerca de que Jacobo era un poco pesadito preguntándole por su trabajo: auxiliar en los juzgados.
Silvia se dio cuenta de que Jacobo en todas estas semanas ponía especial énfasis en todo lo relacionado con su juzgado, de un modo matemático que rozaba la locura. Sí, claro que la miraba con ojos de gato pardo mientras tanto, y le tocaba el pelo con sus dedos olorosos de perfumes de la zona media de la tabla de precios. Pero Jacobo, se dijo a sí misma un día tirando del carro del súper, es un plasta de cuidado. Con el tema del juzgado sobre todo.
Silvia pensó en si anotar a Jacobo en el cuadernito de personas que solo salen a tomar el sol cuando quieren algo, pelean por el dato que persiguen, y cuando lo obtienen, se van a debajo de la sombrilla, siguen a lo suyo y si te he visto no me acuerdo.
En pleno atasco de camino a casa, el poli le propuso mediante mensaje verde de nueva generación quedar por la tarde, como venía siendo habitual. Y quedaron. Podría decirse que por momentos Silvia ya había olvidado las artes maquiavélicas de Jacobo y estaba tontita perdida con él. Sobre todo porque habían empezado un jueguecito absurdo de tocarse las manos y luego las orejas, todo sin llegar al beso, que cada vez son más caros. Y escasos. Un buen beso es como un bollo de leche. Parece que te has comido muchos en la vida, con su crema pastelera y tal. Pero un buen beso, como un bollo de leche, siempre sabe rico, te retrotrae al pasado o a un lugar donde todo mola más y la propia sencillez de su elaboración es una evidencia de que el auténtico valor de lo genuino está en lo sencillo.
De camino a casa recibió Silvia varios packs de mensajes verdes que iba siguiendo con temeridad entre semáforo y recta con visibilidad. No venía a puto cuento que en unos de esos el poli cargante y repetitivo le inquiriese como que de pasada, y otra vez más, si la semana de las fiestas de la ciudad, el secretario del juzgado había estado ausente o no.
Silvia, una vez llegó a casa, llamó a sus padres como todas las noches, cenó, llevó a cabo la parafernalia de lavadora y tendedero, se borró las uñas con acetona, se dio una ducha caliente y tras secarse se echó mil cremas de todo tipo, forma, color y hasta sabor. Solo entonces se paró a intentar contestar los mensajes verdes cuando vio que Jacobo le escribía: -bueno, no pasa nada, ya está-
Durante las cinco semanas posteriores Silvia y Jacobo quedaron apenas dos veces más y siempre con las políglota-celestinas.
Fue en casa de sus padres cuando Silvia, un sábado pudo ver en el telediario que Jacobo Fontán, inspector de policía daba una rueda de prensa sobre la resolución de un extraño caso derivado de otro caso de un bebé robado o algo así y de fondo aparecía la imagen del secretario judicial en cuestión entre micrófonos.
Silvia entendió lo de semanas antes: -no pasa nada, ya está-. Pasó unos cuantos días amargada por no haber sabido detectar el interés interesado del tal Jacobo y ver que éste pasaba completamente de ella. Se sentía una auténtica pringada.
Las celestinas se rieron una noche de copas cuando Silvia espantó a un guapín que le arrojaba tejos con preguntas más bien periodísticas. Menos preguntas y respuestas y más de lo otro, que es lo que cuenta, les expuso Silvia cuando el tipo tiró millas.
Al día siguiente, domingo agridulce. Por un poco de todo. Silvia, resignada a seguir buscando como en los chicles sin premio. Visualizándose a sí misma como la cuarentona larga que pasa de ser joven a prejubilada desde el punto de vista estético y mental. Atontada porque en el fondo con el poli… nada.
Ese mismo domingo recibió un mensaje verde muy verde. De Jacobo: -guapa, ¿cómo te va todo?¿cuando nos volvemos a ver?-
Silvia escribió: -no pasa nada, ya está- 
Silvia dudó. Dudó sobre si enviárselo o no.

lunes, 9 de julio de 2012

En medio de la tristeza de la distancia


Marta tardó en arreglarse muchísimo más de lo habitual. Tenía en mente ir totalmente rompedora pero sin parecer ser una invitada de boda de esas que ahora son los viernes. Se probó varias indumentarias, improvisó diversos peinados, olisqueó varios perfumes, paseó la casa probando a mirarse en diferentes espejos y decidió que ya estaba bien. Se supone que tras varios meses de interrupción voluntario-forzosa de la relación con Marcos, un encuentro con él no podía suponer el volverse pirada de repente antes de empezar.

Pantalón y blusa blanca, un colgante más bien feo regalado pero no por él, un anillo de forma trapezoidal con pendientes de perla de imitación a juego y zapato plano. Como plano era o tenía pensao que fuese a ser su actitud, según ella misma decidió un poco a medias con su amiga la bacaladera, la amiga que aunque no quieras, siempre corta el bacalao. Tu bacalao.

Marta había acordado con Marcos el verse en una cafetería de las nuevas, de techo alto y música alta también los sábados. Fuera obstáculos. Podrían hablar. Hablarían.

Marta estaba en el fondo contenta. Durante las últimas semanas había pensado y repensado qué hacer con su vida, sus cosas y… qué hacer con él, claro. Por sus palabras pensó que Marcos querría que volviesen. Si es que se podía decir que en estas semanas lo habían dejado. Técnicamente sí, pero en las relaciones muelle nunca se sabe. Estás, no estás, estás a medias pero no, a medias pero sí o un poco de todo esto y lo contrario.

Pero Marta cambió de parecer y decidió que nada de tener un perfil plano o hacerse la dura, que eso era sólo para las películas de buenos y malos. Marcos y ella eran una pareja de larga duración sí, por eso es normal tener paréntesis de reflexión debido a inclusiones de otros personajes que se meten, a veces con más profundidad, en medio. No era la primera vez que a alguien le pasaba eso. La solución, nada que no estuviese inventado ya y que no fuese a resultar bien. Marta acudió a la cafetería de techo alto optimista y constructiva, recordando una de esas frases absurdas motivadoras con moralina barata: para ser feliz hay que tener mucha salud y poca memoria. Marta se propuso centrarse en lo de la memoria y tirar hacia delante. Podría decirse que por momentos, lo conseguía.

Justo cuando salió del garaje, oyó el sonido de su teléfono móvil. Sonido que llegado el momento ya no sabía si era una llamada, un mensaje de texto o algún tipo de alarma o aviso.  Marta salió del garaje, acercó el coche a la acera y puso los intermitentes. Chequeó su teléfono móvil. Se puso nerviosa. Sonrió. Levemente palideció. Recordó lo de hace tres semanas. Un día en que en medio de la  tristeza de la distancia y debido a dos cervezas negras, Marta gateó por el filo de una navaja barbera provocando una revolución de mariposas.

Sus ojos sintieron una presión que originó un enrojecimiento del área afectada. El gusanillo que se dice que Marta tenía dominado y amaestrado en algún lugar, empezó a moverse brownianamente. Se echó las manos a la cabeza en sentido literal y figurado, y ésta empezó a dar vueltas. Pensó en llamar en aquel mismo momento a su amiga pero en dos milisegundos canceló la idea: sería contraproducente. Tenía una cita con Marcos de vital importancia, con un objetivo claro. No podía atrancarse ahora que se supone que las cosas iban a ir mejor. O por lo menos las cosas iban a empezar a ir de otra manera.

Marta le quitó el sonido al móvil un poco creyéndose párvulamente que por taparte los ojos el fantasma, dragón o monstruo que te persigue, ya no te ve. Pero al llevar la radio puesta, el ruidillo de la interacción dizque electromagnéticamente ondulatoria de llamadas no contestadas puso todavía más nerviosa a Marta, si es que en aquel instante era posible.

Semáforo rojo. Directamente sin cotejo de ningún tipo apagó el móvil y lo metió en el hueco lateral de la puerta del coche, perdido entre paquetes de pañuelos, lápices de maquillaje de regalo y varios discos compactos que ya no funcionaban bien.

Llegó al extenso aparcamiento del bar de techo alto y pudo ver a través del cristal que Marcos acababa de entrar. Tras aparcar el coche, mal, entró. Marta se dirigió a la mesa donde Marcos se acomodaba. El camarero les preguntó qué querían y sin ni siquiera saludar a Marta, Marcos dijo: -a mi póngame un café, y para ella una cerveza negra-