martes, 26 de febrero de 2013

Al principio


Al principio,… al principio todo es mejor. Al principio no lo sabes todo, y esa dosis de misterio y de aleatoriedad en lo que te traes entre manos hace que sea todo atractivo. Al principio tienes que seleccionar las preguntas para no parecer muy cotilla. Al principio todo tiene emoción, todo tiene sentido, todo merece la pena, todo puede llamar la atención de los días de lluvia y todo, repito, es o puede ser mejor.

Al principio cada microgota de información la saboreas como el más lujoso licor, pensando que gota a gota vas a descubrir que por fin has triunfado, después de tantas etapas quemadas, o tantos días hilando fino para no se sabe muy bien qué. O sí. Quizás sí lo sabías pero no lo decías. Porque si lo dices, te pierdes.

Al principio del verano, todo es aún posible. Todos los planes tienen sentido, todos los conciertos pueden ser el mejor plan, todos los amigos van a llegar, todas las fiestas hasta el amanecer en la playa aún pueden ser posibles. Al principio aún no sabes quién puede que venga o que se vaya. Entre o salga. De la vida. De tu vida. Al principio aunque llueva, sabes que va a venir algún día bueno. Con sol.
Por eso cuando camino a casa escuchó en la tertulia radiofónica de referencia que lo peor de todo proyecto es el principio, los inicios, Ramón negó con la cabeza. Miró al fondo de la calle y pensó en todo lo que daría por volver al principio. 

Al principio.

jueves, 10 de enero de 2013

Empanadillas del congelador


Lara e Isabel eran amigas aproximadamente desde poco después de que su enuresis infantil nocturna se extinguiese de manera natural, como suele ocurrir. No sólo amigas, sino muy buenas amigas. De esas que se abrasan los dedos retirando a un lado las ascuas ardientes en forma de peligro de sábado (o jueves) nocturno. Amigas de esas de las que te sabes su número de teléfono móvil de memoria. El suyo y el de sus padres, hermano, tías y abuelas. Aunque seas de letras y sumar llevando te origine necesidad de una tapa de ibuprofeno.
Compañeras de piso universitario y de carrera (Biología), Lara e Isabel disfrutaban de esa especie de sensación telepática de conocer de antemano lo que una va a decir y hacer en una situación concreta, solamente con alzar la vista y emitir un barrido visual simple.
Por eso cuando en un momento dado Lara empezó a decir y hacer gilipolleces, Isabel se mosqueó.
Lara, no obesa mórbida pero sí con un sobrepeso notable según el sentido común masculino, y descendiente de la marmota estándar a efectos de horas de sueño, comenzó a ir a un gimnasio a primerísima hora de la mañana. Un día de camino a la universidad sugirió a Isabel que se desviasen de la ruta habitual para… comprar el periódico. –¿Periódico? Pero si puedes leerlo en internet luego. Y además ahora mismo tenemos clase, hasta la una- comentó Isabel.
Otra vez sin venir a cuento Lara comenzó a hablar de África y el Magreb con un misticismo extrañísimo. Otro día le metió de camino una macroconferencia sobre unos frutos raros que son como palos secos que se chupan y apenas saben a nada, que se compran en algunos hipermercados, dándole una importancia desmesurada. En otra ocasión Isabel vio como Lara en la cafetería habitual con los amigos de siempre de los viernes comentó que las ideas no son más que sombras de la realidad, que ya lo había dicho Platón. Todo esto dentro de la clásica discusión de si cenar en el restaurante típico americano o en el pseudoitaliano.
Isabel empezó a darle vueltas a la cabeza pensando que quizás Lara estaba empezando a volverse pirada y punto. Pero no. Posiblemente alguna secta la estaba captando. Era eso. ¿Pero cuando? Si se pasaban juntas o al menos tenían una idea de dónde estaba la una y la otra la mayor parte de las horas del día…
Lara un día, tras la cena de sofá, en medio de ese tiempo que pasa entre que ya has hablado por teléfono con los de casa y te vas definitivamente a dormir, le dijo a Isabel: -Isa, todos tenemos un secreto inconfesable ¿cuál es el tuyo?-
Isabel, que ya no se esperaba ese lanzamiento triple porque la señal acústica de fin del día ya había sonado, se empezó a descojonar a carcajada viva. Lara, mientras tanto, guardaba silencio.
El móvil de Lara, en concreto un trozo se subidón caótico de la canción The Tempest de Mike Oldfield, comenzó a sonar. Lara se fue a su habitación a hablar.
Isabel aprovechó para irse a la cocina a sacar unas empanadillas del congelador para preparar rápidamente de comida el día siguiente, como hacían todos los miércoles. Por una cuestión de azar, destino, o llámesele casualidad casual, encima de la mesa de la cocina se encontró con un sobre abierto de la compañía telefónica. Nunca lo había hecho porque no le encontraba demasiada vidilla a ver la factura de Lara. Nunca hasta entonces le había interesado ver el contenido minuto a minuto de las llamadas de su teléfono móvil. Pero todo era tan raro que Isabel no se lo pensó dos veces, tomó los folios verdes y empezó a escudriñar su contenido. 
Nada extraño, ninguna llamada más larga de lo habitual, ni más frecuente que de costumbre, ni ningún número que a Isabel le pareciese extraño. Iba ya a soltar el papel cuando un reflejo ultrarrápido le hizo percatarse de que uno de los números, en concreto de un teléfono fijo, era conocido para ella y muy frecuente también para Lara, ya que a él llamaba todos los días. ¡Entre las siete y siete y media de la mañana!
Haciendo un esfuerzo ímprobo, retuvo el número en su mente y se fue directa a su propio teléfono móvil y lo marcó. No lo tenía en su agenda. Entonces en medio de una exaltación importante accedió a internet desde el propio móvil y en el buscador de referencia, a pelo, a bocajarro, tecleó los dígitos uno a uno y accionó la tecla de búsqueda.
Isabel vio en pantalla algo que hizo que se tranquilizase en cuanto a que ese número estaba perfectamente identificado y significaba, al menos, que Lara no estaba introducida en alguna secta.
No. Era algo peor. Muchísimo peor.



lunes, 31 de diciembre de 2012

Capaz de todo


Marta acabó volviendo con Marcos. Cumplieron aquello de que los amores reñidos son los más queridos. Marta un día escuchó lo de que cuando las cosas van mal no es necesario siempre cambiar de personajes sino de historias. Marta y Marcos tuvieron un niño, que sacó lo mejor de cada uno. Lo mejor que estaba ahí, aparcado.
(…)
Mario y Andrea convencieron a todo el mundo de que lo mejor para ser felices juntos es vivir separados. Demostraron sin demasiados corolarios ni teoremas que hay círculos cuadrados. Eso sí, a veces no son más que figuritas de plomo pesado que te llaman cuando no quieres que te llamen y que llamas cuando no te llaman pero quieres que lo hagan. Mario y Andrea eran en el fondo felices, lo cual no es poco tal y como va la bolsa, en bajada.
(…)
Esperanza también se quitó las gafas de sol.
(…)
Paloma ordenó sus cartas y su castillo. Puso, como dicen ahora, los cimientos de una recuperación, que vendrá. Pero no se sabe cuando.
(…)
Cuando todo estaba dizque perdido, cuando ya la fiesta estaba a punto de acabarse porque las luces estaban encendidas, las canciones absurdas de última hora habían sonado varias veces desde ultratumba, cuando todas las cosas recuperadas de la vieja casa parecía que se iban al contenedor, María encontró luz.
(…)
Dicen que cuantas más veces intentes dejar de fumar, más probabilidades tendrás de conseguirlo. También dicen que para conseguir algo que nunca has alcanzado antes, tendrás que hacer algo que tampoco nunca has hecho. Yo acabé dejando de fumar porque fumar es malo. Pero todavía quedan los puros. Y las bodas. Conseguí dejar de fumar porque si dejas de fumar, eres capaz de todo.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Sin prisa pero sin pausa

Como estoy con algo gordo, dejaré un tiempo lo fino.

Sin prisa pero sin pausa, que es como avanza todo.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Becaria cachondona


El ritual se repetía todos los lunes. Paco entraba al estudio donde ya llevaban casi media hora de directo. La presentadora padecía cierto atoramiento debido a la necesidad de implementar todas las secciones previstas, con llamadas en directo y varias entradas publicitarias. Si se despistaban un poco, el tiempo se echaba encima y Paco poco podría intervenir.

No le pagaban mucho, pero desde el último hostiazo electoral bueno era el estar presente al menos un día a la semana en la radio para que el personal no se olvidase de ti. Una vez por semana comentaba las chorradas que la gilipollas de la presentadora se empeñaba en decidir que era lo que había que comentar.

Ese lunes Paco entró, haciendo ruido como siempre, y se sentó en su butaca habitual, al lado de la presentadora y de una becaria menos atorada que su jefa y más preocupada de las paridas que tenía que ir proporcionando al programa, provenientes de las denominadas redes sociales, mariconada que Paco no dominaba mucho ni tenía la menor intención de hacerlo.

Paco se puso los cascos y en pocos segundos comenzó a hablar un oyente. La presentadora le apremió para que relatase el rollo que iba a contar, relacionado con algo así como la noticia del día que querría compartir con los demás, la noticia personal que para el oyente era realmente el titular del día. La presentadora le dijo amablemente que apenas tenían tiempo, más que probablemente pensando para sus adentros: “diga ya su estupidez que tenemos que continuar diciendo y comentando las nuestras”

Pero entonces el oyente, un hombre que dijo ser ingeniero de una empresa hidroeléctrica, empezó a hablar con un tono de voz muy bajito. El silencio se hizo en el estudio, la presentadora decidió fornicarse los compromisos publicitarios y de tasación del tiempo, la becaria cachondona dejó su tableta y su monitor y empezó a sacarse y ponerse su anillo gigante con forma de pez espada de colorines, nerviosa. Paco se aflojó la corbata y soltó el bolígrafo que le ponían allí para anotar cosas. Bebió un poco de agua fría, directamente de la botella.

El oyente hablaba al borde del llanto, y los tres presentes se quedaron quietos como estatuas callejeras de ciudad turística cutre. El ingeniero hablaba a trozos. Repetía algunos grupos de palabras con tristeza de esa que evoluciona en forma de nudo o bola dura que se amontona a la altura de la garganta. Paco, el bruto, se echó una mano a la cabeza. La del anillo no estaba técnicamente llorando pero se podía notar el cambio facial extremo. La presentadora, que había ciscado todos los cronómetros, continuaba escuchando al ingeniero con esa atención que sólo crea lo que realmente merece la pena.

El ingeniero contó que de camino a casa en una rotonda cercana a su domicilio, paralela a un puente sobre el río que recorre y separa en dos la ciudad, vio como una persona intentaba subirse a la barandilla con la intención de tirarse al vacío. El ingeniero, preso en el atasco de tráfico de última hora de la tarde, iba sólo, veía como la mujer estaba a punto de alcanzar ese punto dónde solamente tres segundos más y todo está perdido. El ingeniero contaba como la mujer hacía aspavientos arriba y abajo, adelante y atrás. Desde su coche de cuatro millones de antes, observaba como la mujer de vez en cuando echaba la vista atrás como pidiendo a gritos que alguien al menos se parase y la parase.

El ingeniero contó cómo finalmente un ciclista de esos cuya apariencia estética nos haría en una calle oscura echar la mano a la cartera, o yendo en el coche de cuatro kilos, bajar los seguros, desvió la trayectoria de su bicicleta al ver a la señora y se acercó a ella. La mujer se echó atrás y el joven sucio de cabello pero brillante de humanidad, corazón y cojones… la abrazó.

Los tres espantapájaros del estudio se volvieron técnicamente mudos. La dicharachera, risueña, borde y otrora atorada presentadora también.

El ingeniero, creo que llorando, terminaba: es que joder, si no es por el ciclista de las rastas…

Repetía: no paraba nadie, joder, no paraba nadie.


martes, 11 de diciembre de 2012

Tampoco viene a cuento preguntar


Le dijo que tenía que hablarle de un tema delicado. Una vez más, una vez juntos, nada sobre el tema. Nunca lo supo. Tampoco viene a cuento preguntar.